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La boina del futbol mexicano: un recuerdo de Manuel Lapuente

El entrenador llevó las riendas de la selección azteca en el Mundial de Francia de 1998, además de conseguir campeonatos con Puebla, Necaxa y América

Para los mexicanos de 32 años en adelante, el recuerdo del Mundial de Francia 1998 se asocia a los textiles: el calendario azteca estampado en las camisetas verdes y blancas de Aba Sport, la cinta que marcaba la frente y rodeaba la cabeza de Luis ‘El Matador’ Hernández, y la boina de Manuel Lapuente, el entrenador de aquella Selección Nacional que falleció este 25 de octubre.

Aquel sombrero redondo y sin visera, nacido en las zonas rurales del País Vasco que se convirtió en distinción para intelectuales, artistas, beatniks, revolucionarios, activistas, músicos de jazz, rastafaris y otros rebeldes y creativos contraculturales, en el futbol mexicano se asoció a una figura de autoridad cuya visión del juego era la de ganar, privilegiando el trabajo en equipo y la solidez defensiva sobre la imaginación individual, y hablando de conceptos poco atractivos mediáticamente como la responsabilidad, el profesionalismo y el orden táctico. «No creo en eso de que hay que salir al campo para divertirse», declaró en una entrevista para el periódico Mural, de Grupo Reforma, en el año 2000.

Lapuente como entrenador de la selección mexicana. Crédito de foto: Alamy stock photo, retomado por @ArchivoFutboler.

El palmarés avaló la ideología del ex jugador y estratega poblano. Es el responsable técnico de los dos títulos de liga (1982-1983 y 1989-1990) que ganó el Puebla en su historia, siendo una figura tan representativa de la ciudad como el mole, la batalla del 5 de mayo de 1862 contra el imperio francés o los ángeles que -dice la leyenda- establecieron la ubicación de la urbe en 1531. Posteriormente, le brindó tres trofeos ligueros a dos equipos entonces propiedad de Grupo Televisa: Necaxa (1994-1995 y 1995-1996, fortaleciendo su imagen de “equipo de la década de 1990”) y América (Verano 2002), apagando una sequía de 13 años que el cuadro de Coapa no conseguía un campeonato local.

Lapuente justificó con éxitos en el campo de juego la mitificación de las prendas en el deporte, siendo el equivalente mexicano al sombrero vaquero de Tom Landry en la NFL, los trajes de Pat Riley en los Lakers de Los Ángeles de la década de 1980 o la indumentaria surf de Jorge Campos en los noventa. Pero antes de aquel mundial de 1998, había dudas sobre la capacidad detrás de la boina.

El entrenador poblano tomaba por segunda vez los mandos del Tri en 1997, tras el despido de Bora Milutinovic, quien dejó calificado a México al Mundial, pero su forma de jugar no convenció. Aunque ganó una Copa Oro a inicios del año siguiente, una interminable gira de amistosos en Sudamérica y Europa dejó varias derrotas sonrojantes (2-5 vs Noruega, 1-4 vs Wolfsburgo de Alemania) y dudas sobre su conducción técnica.

Ya en la Copa del Mundo en tierras galas, México dejó pasajes dignos de recordar, pero se fracasó donde casi siempre: los octavos de final. Vencieron 3-1 a Corea del Sur, se repusieron a dos goles en contra y un jugador expulsado contra Bélgica con aquella anotación donde Cuauhtémoc Blanco remató saltando como una rana, y se salvaron de una goleada en el primer tiempo contra Países Bajos para terminar empatando de último minuto (2-2) con gol de Luis Hernández. Luego llegó la eliminación contra Alemania y un reclamo histórico al técnico: colocar a Raúl Rodrigo Lara, un medio de contención de baja estatura, a jugar de tercer central para ayudar en la marca de dos de los mejores cabeceadores del mundo: Jürgen Klinsmann y Oliver Bierhoff. Lapuente afirmó que esa decisión no fue la responsable de la derrota, ya que su plan era otro.

“¿Cómo hago para que no centren? Hicimos una línea entre el área grande y el medio campo, en la cual mi defensa no podía pasar para atrás, porque teníamos un portero que trabajaba muy bien de líbero, que era Campos. Después dejamos de apretar arriba e inconscientemente nos fuimos para atrás, y al final de cuenta fue lo que nos bateó”, se defendió en otra entrevista para Mural y su reportero Daniel Zazueta en 2010.

Tras Francia 1998, Lapuente y su boina se consolidaron en la historia del futbol nacional con la Copa Confederaciones ganada en 1999 a Brasil en el Estadio Azteca, pero el ciclo se desgató y el entrenador renunció en octubre del 2000. En su trayectoria también hubo algunos grises: una relación quizá demasiado cercana con el promotor Carlos Hurtado, declaraciones donde asomaban los adjetivos superlativos (“es un fracasotototote”) los reproches a quien reclamaba un mejor juego en la cancha (“si quieren espectáculo, que vayan a un circo”), o aquella cómica puesta en escena del 2006 cuando desde el palco, siendo vicepresidente deportivo de América, le daba indicaciones a su ex auxiliar Víctor Manual Aguado, ataviado con una diadema. 

El entrenador logró dos títulos con los poblanos. Crédito de foto: @ClubPueblaMX.

La memorabilia textil del futbol mexicano relacionó a Manuel Lapuente con la boina para siempre y ese sombrero también escogió, como en Harry Potter, herederos de sus enseñanzas que conformaron la escuela “lapuentista”,con técnicos con trayectoria en Primera División como Mario Carrillo o Raúl Arias, contrapuesta al “lavolpismo”, una escuela más enfocada en el futbol ofensivo y la posesión del balón encabezada por el argentino Ricardo La Volpe. El deceso de Lapuente deja un vacío en la historia del futbol mexicano, el cual espera reverdecer laureles y vestir nuevas prendas el año próximo en su tercera Copa del Mundo como anfitrión.

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Andrés Gallegos

Periodista y escritor con más de 10 años de experiencia en medios de comunicación (El Informador, NTR), empresas (yotepresto) e instituciones educativas (ITESO). Me gusta contar historias, leer y escribir sobre diversos temas. También soy cuidador.

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