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Polvo de arroz

O cómo los brasileños afrodescendientes, desde Arthur Friedenreich hasta Vinícius Júnior, han padecido de racismo y lo regatean con “jogo bonito”

Prólogo

Que otros racistas tengan miedo, se avergüencen y se escondan en las sombras”. Vinícius Júnior, delantero del Real Madrid.

I

Los afrodescendientes y mulatos brasileños han embellecido al futbol y lo han convertido en una expresión artística de altos vuelos, pero siguen pagando un alto precio por ello. Vinícius Júnior es el más reciente ejemplo de la rebelión histórica del talento negro brasileño para deshacerse de los cosméticos y los estigmas que el racismo local y mundial sigue imponiendo.

Arthur Friedenrich, el primer gran ídolo del futbol brasileño, era el último en salir del vestidor de su equipo para jugar un partido. Se pasaba más de dos horas alisando sus cabellos chinos y untándose polvo de arroz en su cara y su piel. Pero su maquillaje corporal no tenía motivaciones estéticas. El cosmético le aclaraba la piel para parecerse a sus compañeros blancos. Y sus rizos se tensaban para tener un pelo más europeo y esconder la herencia de su madre, una lavandera negra.

El apodado «Tigre» era mulato -hijo de un alemán blanco y una afrobrasileña-. Tenía que fingir ser blanco porque en sus tiempos el futbol estaba reservado para los aristócratas de piel clara. No era el único que debía asumir una identidad “blanca” para jugar al futbol: en 1914, el jugador de Fluminense, Carlos Alberto, transpiró tanto que el sudor derribó su maquillaje y dejó al descubierto su verdadera piel. Los aficionados del rival, América de Río de Janeiro, se burlaron de él, pero a partir del incidente los aficionados del «Flu» adoptaron este simbolismo para posicionarse en contra del racismo, lanzando al aire polvo de arroz, talco u otro polvo blanco al inicio de los partidos.

Cuando el futbol llegó a Brasil, ese pasatiempo se convirtió en un mecanismo de exclusión social: a inicios del Siglo XX se impusieron reglamentos para impedir a los afrobrasileños y los pobres desempeñar ese “juego de caballeros” de origen inglés. Quienes tenían el poder en Brasil estimulaban la discriminación racial: el expresidente Epitácio Pessoa, quien gobernó el país sudamericano de 1918 a 1922, presionó para que los jugadores negros tuvieran prohibido participar en competencias internacionales representando al país, al no dar la imagen adecuada de Brasil ante el mundo. Pero Arthur Friedenrich era la figura del país, y la Selección necesitaba de sus goles para ganar la Copa Sudamericana de 1922 (terminaron conquistando el trofeo con el «Tigre» en el campo de juego).

El racismo institucionalizado en Brasil tuvo que rendirse ante la accesibilidad y el atractivo del balompié en las clases populares, lo que cambió el futbol mundial para siempre. Los afrodescendientes y depauperados, vetados de la táctica y la estructura que brindaban las academias y clubes deportivos para blancos, respondieron con alegría y caos: el futbol se convirtió en un arte para expresar emociones, el baile conjunto del cuerpo y el balón para brindar soluciones vistosas que marcan goles y recrean los sentidos, el deporte como espectáculo y recreación con movimientos de capoeira y ritmos musicales de origen africano. En síntesis, los afrobrasileños instauraron el “jogo bonito” que cautivó al mundo a partir de la década de 1950 y hoy es un sello de identidad cultural de Brasil.

Pero a lo largo de la historia, los racistas encuentran maneras de cobrarle a los negros la insubordinación de no ocupar su lugar en la sociedad y revolucionar el deporte reservado para los blancos. En Brasil ha ocurrido repetidas veces.

Leónidas da Silva, figura del futbol brasileño en la década de 1930, era el goleador de los pies descalzos y era conocido como el “Diamante Negro”. Marcó siete goles en cuatro partidos del Mundial de Francia 1938, pero sufrió una lesión. Su técnico decidió dejarlo en la banca en las semifinales contra Italia para no arriesgarlo. Brasil cayó y se conformó con el tercer puesto. En el país tenían dos culpables, el “futbol mulato” desorganizado y anárquico, y el traidor de Leónidas, a quien acusaron de venderse a la dictadura fascista de Benito Mussolini.

Peor le fue a Moacir Barbosa, portero de Brasil en el Mundial que su país organizó en 1950. Cometió el “error” de recibir los dos goles con los que Uruguay silenció a 200 mil almas en el repleto Estadio Maracaná y le arrebató la Copa del Mundo a los locales. En “Futbol a Sol y Sombra”, el escritor uruguayo Eduardo Galeano cuenta las vicisitudes del repudiado guardameta afrobrasileño: un padre le dijo a su hijo en voz alta, para que Moacir oyera: «allí va el que hizo llorar a todo un país». En 1993, le prohibieron a Barbosa saludar a los jugadores brasileños que se alistaban para un duelo de Eliminatorias, precisamente contra Uruguay, ya que atraía la mala suerte. “La máxima pena para un crimen en Brasil es de 30 años. Yo llevo 43 por un crimen que no cometí”, dijo.

Aquella selección del «Maracanazo» tenía a un delantero exquisito, Thomaz Soares, conocido como «Zizinho«. Un artículo de la revista Panenka lo describe como un mulato de rasgos indígenas al que le cargaron muchas culpas de la derrota de 1950 y tuvo problemas con los directivos del futbol brasileño por premios prometidos que no se entregaron. Cincuenta años después, Zizinho se dispuso a hablar de la final contra Uruguray, pero según una crónica de El Mundo, “las lágrimas afloraron y, derrotado, se disculpó entre sollozos, dio medio vuelta y se esfumó con la misma velocidad que empleaba para llegar a la portería contraria”. El “Mestre” (“Maestro”) era el máximo ídolo de un niño negro del estado de Minas Gerais que respondía al largo nombre de Edson Arantes do Nascimento, inmortalizado para la posteridad como «Pelé».

Aunque desde 1958 los brasileños exorcizaron las presiones de sus antecesores y se convirtieron en el país más poderoso del balompié con cinco Copas del Mundo, eso no eximió de reclamos aderezados con discriminación a muchos de sus ganadores. A Garrincha, artífice de las victorias en Suecia 1958 y Chile 1962, le reclamaban su vida disipada, sus amoríos, que fumara y bebiera de más, que no le importara aprenderse los nombres de los rivales o que tuviera una pierna más corta que la otra, en síntesis, que no fuera tan ejemplar para los niños como lo era su compañero Pelé. Romário, mejor jugador de la Copa del Mundo de 1994, era visto con recelo por ser tan aficionado a la noche como a los goles. Y fuera de su país, a los históricos laterales Roberto Carlos y Dani Alves les lanzaron plátanos para subrayar con desprecio su color de piel.

Más de 100 años después, Vinícius Júnior ha sido objeto de discriminación racial en estadios, medios de comunicación o hasta colegas: Gianluca Prestianni, lateral argentino del Benfica, fue directamente acusado por el brasileño el pasado 17 de febrero. El delantero se ha resistido a quedarse callado ante las vejaciones y ha decidido rechazar el polvo de arroz que se usa en nuestros tiempos para maquillar el racismo, alentada por gobiernos, solapada en las redes sociales y que se cuela en la escena pública disfrazada de «bromas», «libertad de expresión», «opiniones impopulares» o «lloriqueos de gente que no aguanta nada».

Epílogo

“Este deporte extranjero (el futbol) se hacía brasileño a medida que dejaba de ser el privilegio de unos pocos jóvenes acomodados, que lo jugaban copiando, y era fecundado por la energía creadora del pueblo que lo descubría. Y así nacía el futbol más hermoso del mundo, hecho de quiebres de cintura, ondulaciones de cuerpo y vuelos de piernas que venían de la capoeira, danza guerrera de los esclavos negros, y de los bailongos alegres de los arrabales de las grandes ciudades”, Eduardo Galeano, “Cerrado por futbol”.

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Andrés Gallegos

Periodista y escritor con más de 10 años de experiencia en medios de comunicación (El Informador, NTR), empresas (yotepresto) e instituciones educativas (ITESO). Me gusta contar historias, leer y escribir sobre diversos temas. También soy cuidador.

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