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¿Es posible separar al artista de su obra?

¿Qué pasa con la obra de un artista que comete un delito o tiene ideologías contra minorías? Saúl Justino Prieto hace un análisis al respecto

En ninguna época se había presentado una exposición mediática de los artistas como ahora, la cual es exacerbada, principalmente, por la exhibición que hacen de sus vidas a través de las redes sociales, que son seguidas por miles de fanáticos. Justo por eso, sus acciones y declaraciones tienen más peso que nunca. Ante ello, ¿es posible separar al artista de su obra?

Como planteé en la columna anterior, el movimiento woke y la corrección política ha profundizado en la mentalidad de los seguidores, lo que ha provocado el surgimiento de algunos grupos de “canceladores” con intenciones de censurar, más que atacar un comportamiento realmente destructivo de los artistas.

Sin embargo, músicos, pintores, actores y otros tipos de artistas han cometido fechorías y hasta delitos que han puesto en entredicho el valor de su obra, pero ¿realmente las canciones, películas o cualquier tipo de expresión artística está siempre unida de su autor?

Un teórico de la lingüística francés, Roland Barthes, cuenta con un ensayo donde trata de explicar desde la literatura cómo la obra va más allá de su autor, y es el lector quien le da la significación y elimina la presencia de quien la escribió.

Barthes explica que las obras cobran distintos significados desde la cultura e interpretación de los lectores; y aplica para todo el arte, el cual cobra sentido cuando llega a su destino, y es ahí donde tiene un significado.

De hecho, Barthes califica como “risible e hipócrita” la crítica literaria contra textos que no cumplen con parámetros de “la buena sociedad” porque precisamente son juzgadas desde los prejuicios, creencias, costumbres y moral de los propios juzgadores.

Por ejemplo, Mario Vargas Llosa ha hecho muchas declaraciones en apoyo a regímenes políticos represivos, pero muchas de sus novelas mantienen prestigio a nivel e incluso recibió el Premio Nobel de Literatura en 2010. Esto ha provocado que críticos literarios promuevan el decir que a Vargas Llosa hay que leerlo y no escucharlo.

Justamente los criterios morales han sido punto de partida para enjuiciar a artistas y su obra. Músicos, sobre todo, han opinado o emitido posturas moralmente cuestionables que promueven el odio contra una minoría o grupos étnicos, religiosos y en situación de vulnerabilidad que han encendido la exigencia de su cancelación. Pero este aspecto entra en el ramo, precisamente, de la moral que se establece de forma colectiva e individual.

Como indiqué en la columna anterior, la canción “Puto” de Molotov se mantiene vigente, la banda la sigue tocando y, si bien existe un sector que la detesta, no ha hecho mella en eliminación ni de la canción, ni de la banda. Esto puede atribuirse a que la “moral dominante” o “de las mayorías” sigue siendo homofóbica y no considera necesario cancelar ni la obra, ni a su autor.

Molotov no da dejado de tocar la canción «Puto» en sus conciertos. Crédito
de foto: Redes sociales de Molotov.

Un ejemplo más radical fue el caso de Gerardo Ortiz y su canción “Fuiste mía”, en la que contaba la historia de un feminicidio por celos, con un video musical donde aparecían patrullas de la policía de Zapopan y que terminó por provocar la cancelación de todos los conciertos que iba a dar en Jalisco.

Ambos casos sirven para marcar un posible límite al separar a artistas de obras: la comisión de delitos. En comparación, “Puto” no promueve ningún delito, de hecho, la canción va dedicada al “Mickey (Huidobro) y toda su familia y al Iñaki y su hermano”, además en el contexto donde surgió no tenía una connotación homofóbica, como ahora sí la tiene, por lo tanto, el juicio se limita a un aspecto moral. En cambio, el video musical “Fuiste mía” muestra la comisión de un delito. 

Otro caso particular es el del vocalista de Arcade Fire, Win Butler, quien a finales de 2022 recibió varias acusaciones de mujeres que lo denunciaron por abuso sexual. Esto provocó que la banda emitiera varios comunicados en los cuales aceptaba actitudes abusivas de parte del cantante.

Si de algo se caracteriza Arcade Fire es por letras profundas que calan en los huesos y emocionalmente cargadas de todo el abanico de estados de ánimo. En mi caso, desde mi moral, no los he vuelto a escuchar igual; sin embargo, han tenido presentaciones multitudinarias después de las denuncias.

Este tipo de posturas han sido analizadas por académicas de la comunicación como Rebecca Tukachinsky Forster, al llamarlas: relaciones parasociales que hacen sentir cercanos a los fanáticos con sus artistas, como si fuera un noviazgo, pero el intercambio se da a través de su obra, medios de comunicación o redes sociales, y ante una discordancia, el impacto de la ruptura puede ser igual o peor a una relación personal real o física.

La relación da una sensación de confianza y expectativas con altos estándares que frente a un escándalo o crisis mediática, rompen con el imaginario del artista que se percibía infalible.

Personajes como Woody Allen, Michael Jackson, Kanye West, J. K. Rowling, Residente, Dani Flow, Róisín Murphy, por mencionar algunos, han provocado este tipo de discusiones, aunque la mayoría terminan en conclusiones morales. Y muchos otros han incurrido en violaciones, abusos y agresiones que les han merecido denuncias formales que los han llevado a la cárcel o a procesos judiciales.

Las obras de artistas son capaces de trascender generaciones. No hay manera de evitar el impacto de sus obras, porque al final, nosotros como espectadores, público o fanáticos somos los que le damos verdadera vida al arte.

LEE: La cancelación de Dani Flow

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